Mucho sueño para un pájaro
Hoy, volviendo a ver esta obra de arte de Muchachada, me vino al recuerdo un pasado trágico de mi vida que sólo unos pocos conocen: las dificultades surgidas en mi relación con pajarillos.
Esta ha estado plagada de ímprobos esfuerzos por hacerlos parte de mi vida, y de violentas sacudidas del destino por apartarlos de ella.
El primero fue Perico, que tomó su nombre del entonces adorado por mi familia Perico Delgado. Yo tenía apenas cinco años y no me cansaba de contemplar las habilidades de aquel animalico cantarín. Hasta que una tarde -aciaga tarde- Perico, haciendo gala de su amor por el refranero popular, se ahogó en un vaso de agua. Mientras mi abuela y yo disfrutábamos de los primeros rayos de sol del verano y el ciclista que le dio su nombre corría una de sus mejores etapas, Perico fue a refrescarse con cuidado -aunque está visto que no el suficiente- al vaso donde tenía el agua para beber, y con un acto de torpeza más propio de su dueña, se desnucó contra el borde y se quedó zambullido para siempre. Cuando mi abuela y yo sentimos llover no habiendo una sola nube en el cielo, nos estremecimos; raudas acudimos a ver a nuestro protegido y allí lo encontramos, con su carilla torcida en un gesto acusador.
Algunas tardes de verano aún temo acostarme al sol, debajo del alcornoque que hay en el jardín, y volver a notar gotas cayendo sobre mi cara.
Años después, cuando el rostro cadavérico de Perico ya había abandonado mis pesadillas, nuestro querido transportista alicantino Pepe el Gallego nos trajo a Jilgui, un jilguero multicolor con portentosas dotes para el canto (como es acostumbrado entre los de su especie). Cuando percibimos que su talento era algo fuera de lo común, decidimos aprovechar el filón y comenzar una serie de recitales en el jardín -al módico precio de 100 pesetas la entrada y la bolsa de pipas para regalar al cantante.
Un día, Jilgui empezó a cansarse de aquello y los conciertos perdieron buena parte de su público. Lo llevamos al psicólogo (no podíamos abandonar a nuestro artista y convertirlo en un juguete roto al más puro estilo Macaulay Culkin) y éste nos dijo que al pobre lo que le pasaba era que se sentía solo. Como comprar un pajarillo nos parecía una inversión demasiado alta, el psicólogo nos ofreció la alternativa de comprarle un espejo para que se sintiese acompañado. Así lo hicimos, pero en su reflejo Jilgui encontró al primer rival que le hacía sombra, y decidió picotearlo hasta matarlo. ¿Comprendeis? Hasta matarlo.
Eso nos pasa por confiar en psicólogos.
Una vez nuestros corazones ya habían pasado el duelo por Jilgui, el padre de Nacho tuvo el gran detalle de regalarnos dos bellísimas palomas de su palomar. Como ya venían crecidas, no las bautizamos. Aprovechamos el gallinero vacío para construírles un hogar donde pudiesen revolotear a gusto. Daba gloria verlas aleteando por doquier... ¡y qué bien comían las jodías! Harían las delicias de cualquier abuela.
Su historia se acabó el día en que llegamos al gallinero y vimos la rata más gorda de la provincia (en dura competencia con una que se había encontrado en Fornelos de Montes). Las palomas, cegadas por el hambre, se habían comido el veneno de los roedores, dejando la exquisitez del maíz para los invitados a celebrar sus exequias.
Yo no quería más pájaros. Pero mis padres quisieron convencerme de que nuestra familia no tenía ningún gafe con las mascotas aladas. Por eso trajeron a Ginger y Flash que, para cerrar el círculo fatídico iniciado por Perico, volvían a ser periquitos (aunque ingleses).
De nada le sirvió a Ginger la pulcritud británica. Después de apenas tres semanas, murió de una cagarría intempestiva que se la llevó en cuestión de horas.
Flash, semanas después, harto de una existencia vacía sin su pareja, decidió dejar este mundo. Una noche lo notamos inquieto, daba bandazos de un lado al otro de la jaula (no, no le habíamos puesto alcohol para aplacar el dolor) cada vez con más fuerza. A la mañana siguiente, apareció desvanecido en el suelo, ya casi sin plumas, de la cantidad de veces que había rebotado contra las paredes.
Si alguna vez quereis hacerme un regalo, por favor (y por piedad), que no sea un pajarillo.



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